El cambio irrepetible de ser madre: mi viaje desde la prueba positiva hasta el parto
El día que vi la prueba de embarazo positiva, lloré, no solo de felicidad sino también de miedo e incertidumbre. Ese instante marcó el inicio de una transformación definitiva: ya era madre.
Durante el embarazo viví una montaña rusa de emociones. Algunos días me sentía plena, otros veía en el espejo una versión desconocida: mi cuerpo cambiando, mi piel distinta, mi identidad en constante ajuste. Y, sin embargo, sentí la presencia de mi bebé dentro de mí, recordándome que cada transformación valía la pena.
Cada movimiento fetal era una invitación a mirarme hacia adentro y reencontrarme. El parto y la lactancia no fueron como los imaginados. No se parecieron a los libros… pero fueron mi experiencia perfecta, llena de amor y acompañamiento.
También enfrenté momentos difíciles: llanto por el cansancio, culpa por sentirme insuficiente, impotencia al no poder hacerlo mejor. Sin embargo, comprende que la vulnerabilidad trae fuerza. Cada duda, cada noche sin dormir, me hicieron mejor mamá y mejor ginecóloga.
Hoy, cuando acompaña a otras mujeres en su embarazo, reconoce en su mirada la mezcla de amor, miedo y esperanza que transforma para siempre. Desde ese lugar, desde la madre y la médica que soy, las abrazo y acompaño con todo mi corazón porque la maternidad real no se simplifica, se honra.


